AutoSemanario


Ciencias Sociales: Un libro llega para explorar "La educación de la clase alta argentina"


Por Damián Cotarelo

 

Una muy interesante investigación realizada por la licenciada en Antropología, Victoria Gessaghi (click foto 2), llega para explorar “La educación de la clase alta argentina”.

Bajo el subtítulo Entre la herencia y el mérito, el trabajo que especialmente se enfoca en la franja criolla más pudiente aborda un temario que examina desde dónde se forja el carácter de sus integrantes y cuál es su escala de valores, hasta las características que poseen las escuelas secundarias que se autoproclaman “formadoras de élites”. Un recorrido que incluye las clásicas prácticas de deportes grupales, las competiciones por notas y premios, los té solidarios de las asociaciones de ex alumnos y los denominados Family Days (que invitan a los alumnos a encontrarse en un ámbito diferente al cotidiano e interactuar y compartir distintas actividades junto a su seres queridos).

Ofreciendo el fruto de un extensa tarea de campo que demandó muchísimos diálogos con personas residentes en la ciudad de Buenos Aires y ciertas zonas ricas de la provincia de Buenos Aires (área a la que se circunscribe el estudio), la investigadora del Conicet logra traducir como estos sectores se vieron amenazados, tras el ideario democratizador que significó el acceso a la escuela pública y su afán de propiciar la movilidad social. "Me interesó trabajar sobre la construcción de jerarquías sociales en la Argentina y cómo distintos grupos se disputaron la legitimidad de las posiciones de privilegio a partir de un horizonte atravesado por esa experiencia histórica donde la igualdad obró como un motor de lucha a lo largo del siglo XX", señaló Gessaghi a la agencia Télam.

Reservando las identidades de los entrevistados a través de nombres ficticios, el libro despliega un jugoso relato acerca de las trayectorias educativas de tres generaciones pertenecientes a las denominadas “familias tradicionales” y revela sus estrategias para construir, mantener, multiplicar y justificar su privilegiado capital social y simbólico.

El material de característica etnográfica, que nació como un proceso de tesis doctoral de esta profesional de 39 años, también se ocupa de relatar como el siglo pasado vio a muchos descendientes de la aristocracia ganadera, lejanos a su posición de grandes propietarios, usar a la educación superior para convertirse en profesionales y ocupar puestos gerenciales en áreas productivas, empresariales y políticas.

En uno de los pasajes de la obra editada por Siglo XXI, se señala que distintas investigaciones coinciden en indicar que “en la Argentina no existe un circuito de instituciones educativas, que con el aval del Estado, garanticen el acceso a posiciones de élite, aunque no faltaron intentos de promoverlo”. Sin embargo, existente y creado por las mismas clases altas en un contexto de división social, Gessaghi analiza de qué manera los sujetos pertenecientes a ese círculo encarnan la exigencia moderna de constituir `desigualdades justas´ si no hay una meritocracia respaldada por la segmentación ex profeso del sistema educativo.

 

En una sociedad fragmentada, que clara y lamentablemente dista muchísimo de erigirse como igualitaria, “La educación en la clase alta argentina” se ofrece como un texto imprescindible para comprender y conocer las prácticas educativas de los sectores dominantes.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del libro, donde la autora expone acerca del papel que juega la escuela en los sectores poderosos.

 

Los escuela construye la clase alta

Desde una perspectiva que busca trascender determinaciones lineales y atenta a los modos en que los sujetos ocupan creativamente el espacio de la educación y la escolarización –dentro y contra las fuerzas sociales más amplias (Levinson y Holland, 1996)–, intentaré documentar alguno de los modos específicos en que la escuela participa en el trabajo de formación de la clase alta. Ya sea mediante la selección de sus alumnos o al imbuirlos de un “espíritu” que borra las diferencias entre los sujetos, las instituciones educativas son partícipes activas en la producción de este grupo social.

Los lazos entre familias y escuela se fomentan desde el propio colegio con un mecanismo particular de reclutamiento del alumnado: tienen prioridad no sólo los hermanos, sino quienes tengan familiares que sean ex alumnos de la institución. El proceso de selección de los estudiantes dura un año. Los candidatos deben presentar una carpeta con los datos de ambos padres, escuela en la que estudiaron, apellidos, trabajos actuales, retrato de familia y los datos de los hijos. En una segunda instancia, los adultos son evaluados en una entrevista personal. Luego los niños deben pasar una serie de exámenes de Inglés, Lengua y Matemática y una evaluación psicopedagógica. Recién a fin de año cada familia recibe una carta en que se informa si su hijo fue aceptado o no. Ninguno de los padres que entrevisté pudo explicarme qué criterios justificaban el veredicto. Muchos entrevistados me contaron acerca del estrés que significó todo el proceso; sin embargo, pocos lo cuestionaron, antes bien se mostraron orgullosos de haberlo pasado exitosamente.

Algunas instituciones solicitan también el pago de una cuota de ingreso –distinta de la habitual matrícula– para la escuela primaria. “Vos, cuando entrás en el primer grado, pagás como una acción del colegio. Así que sos parte del colegio”, me dice Juanita Laprida. Esa acción, que algunos llaman “membresía”, funciona como forma de cohesionar a las familias “que pertenecen”. La misma membresía que a Juanita le atrajo porque implicaba “ser parte del colegio” obligó a otra entrevistada a optar por otra institución.

Rosario Ortiz de Rosas tiene 35 años, preside una fundación filantrópica fundada por su familia y es hija de Diego, el genealogista que estudia a las familias “originarias” argentinas. Fue alumna de la Católica Palermo 1, y en el momento de mandar a su hija allí se encontró con algunas dificultades: “A mí me gusta mi colegio. […] Pero en el grupo que le tocaba a Camila había una serie de disonancias que a mí no me gustaban mucho, ¿viste?, y que se hacían notar… Qué sé yo, la chiquita que se va a Europa de vacaciones en el verano y a Las Leñas a esquiar y tiene doscientos cincuenta mil juguetes de $200 cada uno y una serie de cosas que yo no tengo interés en darle a mi hija; no es que no puedo, no quiero. Y había una serie de impresionantes consumistas en el grupo que a mí mucho no me cerraban. […] Y después había otro factor que importaba mucho que era el económico, con la separación y toda la historia. […] O sea, la fundación [del colegio] hoy por hoy te exige una membresía de $2000, 3000, no sé cuántos eran en ese momento, pero –además de todo lo que pagás para ingresar al colegio– tenés que hacer un pago fuerte. […] Además de colaborar, de pagar la cuota de tu hija y la mar en coche, tenés que encima pagar una membresía. Es como entrar a un club, al Jockey, y pagar membresía de no sé cuántos miles de dólares. Bueno, algo similar, y no sé si me cerró mucho y sabía que económicamente a Nicolás le iba a ser un trastoque, fue un divorcio muy complicado y la verdad es que le dije: ‘Bueno, me encantaría que fuera a mi colegio, pero en estas circunstancias no va a ser’. Me fui a la Católica Montserrat, de la que también tenía buenas referencias: gente que quería mucho tenía a sus hijas ahí”.

Rosario compara la membresía al colegio con la admisión al Jockey Club: supone participar en la vida de sus socios, su estilo de vida, formar una comunidad y construir lazos por ser miembros. El colegio les provee una nueva identidad social: los costosos esfuerzos (de distinto tipo y no sólo monetarios) para ingresar se parecen a un rito de pasaje. Una vez adentro, los niños y sus familias son imbuidos de un nuevo espíritu o de un spirit, como lo denominan algunos entrevistados. De esta manera, la escuela instaura una separación entre quienes son admitidos y quiénes no. Realiza así su más importante trabajo: distingue y consagra (Bourdieu, 2013). Impone la creencia de que la clase alta es tal porque elige, y es elegida por, estas escuelas y no otras. La escuela ejerce el poder de nominación de las grandes familias no a través del otorgamiento de credenciales educativas –como en el caso francés analizado por Bourdieu (2013)–, sino a través de la inclusión de los sujetos en una red de relaciones que construye al grupo social. Muchos se embarcan afanosamente en esa búsqueda. Otros entrevistados parecen no necesitarlo. Algunos, como Clara Estrada, por momentos negocian con esa identidad y, en otros, la resisten.

Hija de un empresario y de una madre muy tradicional, Clara Estrada me explica que cree que la Católica Norte 2 es un colegio “socialmente snob en el sentido que no todo el mundo accedía, era como de élite pero no económica, ¿viste?, era más que nada social. Vos pertenecías o no pertenecías”. De nuevo aparece el “pertenecer o no pertenecer” como una frontera infranqueable. En ese entonces, no me resultaba tan claro. Vuelvo a preguntarle a Clara cómo nota quién pertenece y quién no: “Te das cuenta a la milla”, me dice. “Así como […] quién es cheto y quién no, bueno, esto es lo mismo. […] Hablás y ya te das cuenta. En el colegio era tipo qué decís, ¿‘rojo’ o ‘colorado’?, ¿‘cuarto’ o ‘habitación’? La Católica Norte 2 era como más tradicional, el campo, las que tenían campo, las que pertenecían a cierto círculo social. Qué sé yo cómo es, es así”. Clara Estrada se reconoce como parte integrante porque su madre, sus tías, sus amigas −me explica− fueron a la Católica Norte 2.

Me comenta cómo fue la admisión de su hija mayor: “Vos no sabés lo que era el examen para entrar a la Católica Norte 2: tenías que ir, presentar a tu familia, a tu grupo familiar. O sea, si eras separada casi que ni te escuchaban. Un montón de requisitos que presentar y qué sé yo. […] Todo era quién te presenta, quién te escribe una carta, a quién conocés, de dónde venís, a qué colegio fuiste. Todo importa. Qué apellido y qué, qué… pero yo ni loca paso por eso, me parece un estrés. Y mi tía Estrada, la hermana de mi papá y todas mis primas Lynch que fueron a la Católica Norte 2 trataban de convencerme: ‘Usted dígale que es sobrina mía’”. Clara dice que “son tantos los requisitos que una vez que entraste ahí es como que tocaste el cielo con las manos, entraste al paraíso”.

La metáfora religiosa que usa para el acceso a la escuela es la misma que va a emplear para explicar lo que ocurre cuando uno decide sacar a su hija de la institución que concentra a los elegidos. Sucedió que, durante los años que estuvo en la escuela, a Clara se le hizo “muy insoportable el ambiente” y aprovechó su mudanza a Pilar para cambiarla de escuela: “Vos no sabés lo que fue. Todo el mundo creía que estaba loca, que estaba sacando a mi hija del paraíso terrenal y la estaba desterrando. Yo no podía creerlo, pero me llamaban mis amigas y me decían: ‘Vos estás loca, Clara, pensá bien lo que estás haciendo’. Yo pensaba: están totalmente trastornadas. Pero ¿qué se creen?, ¿que si no vas a la Católica Norte 2 no existís? Porque no existís, todo el resto es un desastre. Creen que la Católica Norte 2 es lo mejor para todo: educativamente y para el futuro también, porque estás bien relacionada”.

 

 

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