AutoSemanario


Continúan las curiosidades de la ciudad cordobesa de Alta Gracia, en "Camino de la Historia 2"


Por Damián Cotarelo

 

El periodista cordobés Cristian Moreschi continúa presentando sus deliciosos y singulares relatos, acerca de hechos ocurridos en la ciudad mediterránea de Alta Gracia, en su nuevo libro denominado “Camino de la historia 2”.

Nacido como una recopilación de los micros que el profesional tiene en el programa radial “Viva el Domingo”, de Cadena 3 Córdoba, este nuevo ejemplar hurga nuevamente en las historias y anécdotas de su ciudad natal, los personajes famosos que pasaron por el lugar o vivieron allí, y los vecinos más entrañables.

Con la historia de Juan Alberto “Nani” Montamat, que se convirtió en el único alumno que tuvo Manuel de Falla, el gran compositor gaditano y una de las figuras centrales de la música del siglo 20, durante sus cuatro años de “autoexilio” en la ciudad de los jesuitas. O testimonios que comprueban la enorme bonanza que Aruro Illia, mucho antes de ser presidente, desparramaba por esta bella ciudad que albergó la casa de Virrey Liniers o el santuario de la virgen.

Grandes hazañas deportivas internacionales de Juan Turri, un fornido atleta de casi dos metros; la preparación de una bebida que los indios comechingones realizaban a partir del zumo de las frutas del molle, el chañar y el mistol; o un homenaje al pueblo armenio, a través de la reconstrucción de la visita, en la década del ´50, del importantísimo músico Aram Khachaturián a esta zona llena de secretos; forman también parte de los veintiocho narraciones seleccionadas.

Desde páginas risueñas, como la de Henzo Comari, un mecánico que al nacer y por una equivocación del Juez de Paz fue anotado con hache; el material editado por Nuevos Editores entrega otras muy curiosas como la biblioteca popular que conserva entre sus tesoros una vieja novela que solo puede consultarse en su salón de lectura, no pudiendo ser retirada: “Alta Gracia” (relata la vida de  Néstor Medrano, un escritor de Buenos Aires que llega allí para curarse de tuberculosis).

 

Enclavada en un hermoso valle de las Sierras Chicas, Alta Gracia luce la reputación de ser uno de los centros turísticos más importantes de la región. Y sus historias, sus aventuras y sus misterios aquí descriptas son igual de cautivantes y encantadoras.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del volumen, vinculado a la época donde el cine de oro también eligió Alta Gracia.


Una ventana a la vida

Era 1952. Aquel llamado telefónico iba a romper la parca rutina de trabajo de las viejas canteras del tren. Y también de Alta Gracia. Desde la oficina central que el Ferrocarril Mitre tenía en Rosario se le comunicaba al personal que en breve iban a filmar una película ahí mismo y que debían prestar toda la colaboración necesaria.

La sorpresa y la curiosidad invadieron rápidamente la ciudad. Al poco tiempo, técnicos, actores y productores caminaban nuestras calles examinando sus rincones para definir los detalles del rodaje.

La película era “Una ventana a la vida” dirigida por Mario Soffici. Actuaban Diana Maggi , Maruja Gil Quesada, Alberto Terrones, Mirtha Torres, Domingo Sapelli y hasta el mismo director.

Era la historia de un médico maduro y su pasión por una mujer que lo lleva a su autodestrucción. Varios de sus pasajes se filmaron aquí. En las canteras se hicieron algunas tomas. Eduardo Di Mario era un empleado de tan sólo 20 años, que con su memoria nos devuelve aquellos días. Se había hecho amigo del asistente del director, Armando Rodríguez, y lo acompañaba a todas partes. Fue testigo privilegiado de la intimidad del rodaje. Hoy, cierra los ojos y recuerda momentos: aquella escena donde Sapelli y Torres eran tomados por la cámara conversando, juntos en un banco, y a Mario Soffici, sentado al lado de la pesada sierra circular para cortar durmientes, mientras lo maquilaban tres asistentes. Cuando lo vio actuar se quedó sorprendido. “Un actorazo. Jamás vi un uno así”, dice, mientras cuenta esa interpretación que lo impactó: estaba tambaleándose, completamente borracho frente a la oficina, de pie en un escalón y agarrándose como podía de una columna. Se había convertido en un auténtico curda.

Esa imagen era solo en su papel, porque en el trabajo se movía como un profesional riguroso. Un día la esposa del jefe administrativo estaba tejiendo, y le pidieron que dejara de hacerlo, porque el ruido de las agujas molestaba al director.

Se tardaba más en los preparativos que en la filmación misma.

En el medio, las estrellas se mezclaban con los empleados. Diana Maggi se paseaba alegre y distendida fumando cigarrillos importados y hasta le convidó uno a Eduardo. Ella no lo olvidó. Al otro día lo sorprendió regalándole una caja a él y otra al “rulo” Scorcelli, compañero de la cantera.

El comportamiento diario de la mujer estaba bien lejos de la excentricidad de una diva. “Efusiva, simpática, bromeaba con todo el mundo”. Así la recuerda, quien como prueba de verdad nos muestra la foto que le regaló, donde puede verse a una bella, escotada y sensual mujer en blanco y negro, con una dedicatoria especial de su puño y letra: “Para Eduardo con toda simpatía, Diana Maggi”.

El clima de trabajo era excelente pero no se perdía tiempo. Se filmaba a toda hora. Durante el día se colocaban grandes paneles blancos que reflejaban los rayos de sol, orientándolos en distintas direcciones. A la noche precisaban luz. Entonces se ponía en marcha la caldera, y ésta, alimentaba el equipo electrógeno que daba corriente para la filmación. Las enormes lámparas hacían relucir la cantera, que nunca tuvo tanto glamour.

El cine nos hizo brillar y le regaló a nuestros vecinos sus cinco minutos de fama.

En una escena filmada cerca de la esquina de España y Rafael Lozada le pidieron que actuara a un policía de verdad. Un efectivo de nuestra comisaría local. Tenía que hacer de lo que era: un policía. Era Luna de apellido, y como no era actor pensaron que iban a tener que repetir la escena varias veces. Todo lo contrario. No se equivocó. Apareció muy poco en la película, habló casi nada, pero le salió muy bien. La escena más convocante fue en la estación de tren. “Había una multitud ese día mirando todo”, Evoca Nélida Santamaría.

Don Pedro Maidana tiene 30 años de ferroviario. Lo trasladaron a Alta Gracia en 1955 y no estuvo durante la filmación, pero sus compañeros le contaron algunos detalles, que él nos relató: “Sacaron la máquina, un furgón y un vagón. La máquina tenía que irse para el lado de los salesianos. De allá venía, y ocurría un acto de arrojo. Alguien se tiraba a su marcha y alguien lo salvaba. Fue en el paso a nivel de la Calle Belgrano”.

Estos fueron nuestros actores de reparto: el maquinista, Guillermo Montalbán; el guarda primero, Luis Alberto Ratti, que aparecía tocando el silbato, y su hermanastra Antonia, como extra arriba del tren.

El rodaje duró, más o menos, una semana. Fueron días de excitación, orgullo y gloria que encontraron el mejor final el 20 de agosto de 1953, fecha oficial del estreno de “Una ventana a la vida” en la República Argentina.

La Alta Gracia del siglo pasado fue una perla siempre codiciada. Los millonarios de Buenos Aires elegían el lujo de su Sierras Hotel, los desahuciados buscaban su oxígeno milagroso. El cine de oro, prefirió sus paisajes y su gente, para contarnos una historia y así, acomodados en la butaca de un viejo cine de barrio, volver a soñar.

 

 

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