AutoSemanario


Historia: Reeditan la notable obra "Felipe Varela. Caudillo americano"


Por Damián Cotarelo

 

Una flamante reedición del referencial libro titulado “Felipe Varela. Caudillo americano”, donde Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde (click foto 2) exploran la figura del popular caudillo catamarqueño, llega nuevamente a todas las librerías.

Pocos meses después de cumplirse los 50 años de su primera aparición (originalmente, en 1965 se llamó “Felipe Varela. Contra el Imperio Británico”), el texto escrito por esta recordada dupla de prestigiosos abogados, políticos, periodistas y ensayistas (Ortega Peña fue asesinado por la Triple A, en 1974, cuando ya había asumido su banca como diputado nacional; mientras que Duhalde falleció en 2012) regresa con la última de sus versiones ampliada y corregida.

Respetando la redacción del texto del ejemplar primigenio, esa definitiva obra incluye los aspectos investigativos contenidos en una publicación más cercana en el tiempo (1992, El Bloque Editorial), además de otros aparecidos en una serie de trabajos firmados por la misma pareja de autores (“Folklore  argentino y revisionismo histórico”, 1967; “Felipe Varela y la cuestión nacional”, 1967; “Manifiesto del General Felipe Varela”, 1968; y “Felipe Varela y la toma de Salta”, 1968).

Confesando que había creído necesario titularlo de un modo diferente, el ex secretario de Derechos Humanos de la Nación cuenta desde el prólogo elaborado a principios de la década del noventa: “Opté por llamarlo así, porque creo que resume la verdad histórica en el sentido más peculiar y relevante de la gesta varelista, al mismo tiempo que destaco nuestro esfuerzo investigatorio de entonces, por mostrar esta faceta del caudillo catamarqueño”.

Divido en seis grandes tramos y un apéndice, el trabajo brinda una muy breve introducción acerca del origen del hijo del caudillo Federal, Javier Varela, y proveniente de una familia descendiente del Valle de Catamarca y vinculada a las principales familias del Tucumán colonial; para pasar a ocuparse de su actividad política.

La investigación sobre este hombre alto, canoso y de voz ronca, que nació en Huaycama, Valle Viejo (1819), se remonta a sus orígenes como caudillo y su participación en la Coalición del Norte -junto a Ángel Peñaloza y Pedro Castillo-, en resistencia a Juan Manuel de Rosas.

El imperialismo británico, es decir, el sistema complejo de relaciones de dominación internacional resultante de la fusión del capital industrial británico con el bancario, y su consecuencia, la existencia de capitales financieros exportadores, dio un golpe magistral contra América del Sud en la década de 1860-1870. Por eso, lógicamente, un grandísimo y privilegiado espacio toma su proclama revolucionaria montonera, iniciada el 6 de diciembre de 1866, cuando tras la derrota aliada en Curupaytí (en el marco de la Guerra de la Triple Alianza, a la que se oponía férreamente) Varela se levantó en armas en oposición al gobierno de Bartolomé Mitre. Paso a paso los fundadores de la revista “Militancia Peronista” relatan toda su campaña, su resistencia y sus valientes y numerosas batallas; hasta la rendición, ocurrida en enero de 1869 en Pastos Grandes (Salta).

“Hoy, de bandolero, asesino o salteador (calificativos con que era vituperado desde la cultura histórica oficial) Felipe Varela ha recibido la merecida vindicación política especialmente en las provincias que lo tuvieron en vida como protagonista. Son muestra de ellos, el monumento público en Catamarca, que contiene simbólicamente sus restos, el aeropuerto de dicha provincia que lleva su nombre, al igual que Departamentos, barrios, calles y escuelas en dicha provincia o en La Rioja”, sostiene un fragmento de la reivindicativa obra.

El final del volumen llega con la solitaria muerte del líder exiliado en Chile, un 4 de junio de 1870, y señala que cuatro días después de la muerte el cuerpo yerto del montonero era sepultado en el cementerio de Tierra Amarilla, aldea del departamento de Copiapó (actual provincia de Atacama), a orillas del río Copiapó, acompañado solo por un puñadito de personas.

Su muerte simbolizó el fin de la Patria Grande, sostienen los ensayistas, y con una clara subjetividad de la cual nunca renegaron concluyen: “La Unión Americana desaparecía, para ser reemplazada en el silo que advenía, por una mentida “Unión Panamericana”, u “Organización de Estados Americanos”, directamente al servicio del imperialismo norteamericano.

Cuando los restos de Varela (click foto 3) se unían con su tierra americana, el Ferrocarril Central Argentino, para satisfacción de los accionistas británicos ligaba Rosario con Córdoba, postergando por más de un siglo el desarrollo industrial del interior”.

Un apéndice con la transcripción de ¡Viva la Unión Americana!, el manifiesto del General Felipe Varela a los pueblos americanos sobre acontecimientos políticos de la República Argentina en los años 1866-67, cierra el texto editado por Colihue, brindado así -de primera mano- su más puro pensamiento.

 

Una obra siempre vigente, para muchos la más relevante escrita sobre este jefe popular y americanista, que repasa las acciones de un importante personaje en la historia argentina, que durante mucho tiempo fue olvidado y menospreciado.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del volumen vinculado al recuerdo de Varela en la provincia situada en el noroeste de nuestro país.

 

La Rioja y el caudillo montonero

 

Si la gratitud que nuestra patria le debe a Felipe Varela es grande, es en La Rioja donde se evoca al caudillo con mayor emoción. Varias generaciones de riojanos han pasado desde aquel año 1862 en que Felipe Varela, brazo derecho del Chacho, protegiera a los humildes como jefe de policía de esa provincia.

Las ricas minas de La Rioja eran entonces ambicionadas como en la época rivadaviana, por los representantes del capital extranjero. Varela debió ver con desprecio el paso de Nicolás Naranjo, comisionado de don Guillermo Wheelright, “estudiando aquellas riquezas”. También Pantaleón García, hijo del minero entreguista de Famatina, publica en el Famatina Reformado informes concernientes a las mismas, en los cuales –con un dejo de culpabilidad familiar– se refería a las tentativas rivadavianas. Estas habían contribuido a llevar la miseria a la provincia de Facundo. Era el librecambismo el que había arruinado su economía. Para el año 1863, el mismo año en que La Rioja perdería a otro hijo dilecto, el Chacho Peñaloza, su devastada economía producía 49 000 barriles de vino, 1000 de aguardiente, 5000 arrobas de pasa de uva, 2000 de higos, 25 000 fanegas de trigo y también maíz, legumbres, frutos, azafrán y cochinillas.

La pobreza de La Rioja en sí era falsa. Porque como se ve, la provincia tenía capacidad productiva. Sin embargo, sus posibilidades de expandirse eran mínimas. Muy poco se exportaba a Córdoba, Tucumán, Salta y Chile. Las importaciones provenían especialmente de Copiapó (Chile), de donde se llegaba a lomo de mula, a pesar de encontrarse a mayor distancia que Córdoba. Los riojanos insinúan en que se les abriera un camino hasta esta ciudad, ya que el de La Batea, construido en la época virreinal, era prácticamente intransitable.

Al producirse el pronunciamiento de Felipe Varela, La Regeneración, periódico de la oligarquía riojana, publicará una edición extraordinaria, con un artículo titulado “Los traidores Varela y comparsa”, en el cual se hacía referencia al hecho de que el caudillo había pasado de Chile con dos batallones, el primero designado como “General Urquiza” de 370 plazas, al mando del comandante Ortega y, el segundo, “General Varela”, de 330 plazas.

La oligarquía receló de inmediato por temor a que Urquiza estuviese comprometido con la montonera. Parte de ella, sin embargo pensó que se trataba sólo de una ingenuidad de Varela, tesis que encontrará sostenedores coetáneos, como por ejemplo Alfredo Gárgaro, quien afirma que Varela “empieza a convulsionar las provincias andinas, tomando el nombre del general Urquiza, por creerlo colocado en la emergencia internacional contra Mitre”.

En Buenos Aires, el periódico La Unión Americana, en su número 183, publica la proclama de Varela en primera plana con el siguiente comentario: “He aquí la proclama que el Jefe de la revolución de aquella provincia ha dirigido”.

Los intelectuales nacionales de Buenos Aires sabían de la falta de medios de aquella provincia del noroeste argentino. No ignoraban que el barril de vino que costaba de $3 a $4, o la arroba de pasas a R$4 eran inalcanzables para los trabajadores riojanos. Sabían también que esa oligarquía que encargaba sus libros a Francia o Inglaterra tenía instalada en La Rioja sólo una escuela. Nicolás Villanueva, un mendocino discípulo de Sarmiento y Mitre, escribirá el 2 de noviembre de 1867 a Wenceslao Paunero, el “viejo de las canas teñidas de sangre”, como lo llamaba La Unión Americana: “Las provincias amenazadas de serios peligros por la triple alianza de traidores, indios y rotos, alianza de bárbaros y ladrones, que a no dudarlo encuentra ardientes simpatías y protección material de parte del pueblo chileno y de gran número de sus autoridades”.

También esa injuria tendrá su eco en La Nación Argentina de Bartolomé Mitre. Al comentar este periódico la proclama de Varela, no dejará de recoger cuanta calumnia podía utilizar para descalificar al jefe montonero. Los escritores de La Unión Americana responderían duramente a esa falaz crítica que constituirá por otra parte, la base de la tesis que sobre este asunto elaborará la posterior historiografía mitrista.

La Unión Americana en su artículo “La proclama del Coronel Varela y los comentarios de La Nación Argentina”, sostendrá: “Profunda repugnancia nos inspiran los maricones de La Nación Argentina”, afirmando que “la proclama del Coronel Varela le arranca gritos de impotente desprecio” al diario de Mitre, que trata de descalificar al caudillo sosteniendo que “es el compañero del Chacho”, lo cual despierta las burlas patrióticas de La Unión Americana.

Desmienten terminantemente, asimismo, la calumnia de que Varela había venido a Buenos Aires, previo a su pronunciamiento, para cobrar para sí sueldos como oficial de la Nación, pues como lo prueban terminantemente los libros publicados por la Contaduría General, el paso de Varela por Buenos Aires y cobro de $3000, lo fue como mandatario autorizado por seis oficiales y cuatro jefes, que le habían dado poder a tal efecto.

En el artículo de La Nación Argentina –en el que insistimos, están presentes todos los temas que habría de desarrollar Rafael Prividal en su libelo y luego, los sucesivos historiógrafos del régimen– termina afirmando que el verdadero motivo de la invasión es “venir a robar las vacas de nuestra campaña”, lo que provoca una demoledora crítica final de los escritores de La Unión Americana, que califica al diario de Mitre como “el alcahuete de los escándalos del gobierno argentino”.

No es de extrañar que este valiente periódico, en su editorial del n.º 194 del 20 de enero de 1867, se despida de su público con una invocación a la consigna de los hombres libres: el lema “Patria-Libertad-Constitución” y le advierta que volverá a salir cuando el señor Borel, su propietario, “consiga un redactor blindado”, pues Mitre había puesto preso a todos sus redactores.

 

 

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