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LECTURAS FIERRERAS: Patti Smith continúa relatando sus memorias en "M Train"


Un nuevo año se inicia y para seguir acompañándote en tus momentos de ocio Autosemanario, además de las recomendaciones habituales para llevar en tu guantera, continúa con su sección: LECTURAS FIERRERAS. En ella vas a encontrar los mejores fragmentos de los libros más importantes y lanzados recientemente.

 

Recuerdos que no voy a borrar

 

Por Damián Cotarelo

 

Apelando nuevamente a la revisión de sus fatigadas y conmovedoras memorias, la escritora y cantante estadounidense Patricia Lee Patti Smith (click foto 2) presenta “M Train”, su último y melancólico libro.

Funcionando como complemento de “Éramos unos niños” (2010) y “Tejiendo sueños” (2014), sus dos trabajos anteriores en los que reveló parte de sus propias vivencias, en esta oportunidad la escritora, fotógrafa y punk rocker norteamericana de 70 años exhibe el costado más poético de su vida cotidiana.

A través de dieciocho de sus cafeterías más queridas y las cuales a fuerza de visitas se convirtieron en lugares de creación con el correr de los años (comenzando por el Café 'Ino del Greenwich Village de Nueva York), la cantante oriunda de Chicago rememora historias vinculadas a la poesía, el drama, la pintura, su retiro y el fantástico regreso a la música, todo con su ya conocido tono dulce y cautivador.

Editado nuevamente a través del sello Lumen, en el texto la también poeta y fotógrafa no le esquiva a las grandes pérdidas que sufrió a lo largo de su vida: desde la de su marido, el guitarrista Fred Smith (1949-1994), fallecido tempranamente de una insuficiencia cardíaca; hasta la de su hermano Todd, ocurrida apenas un mes después a causa de un accidente cerebrovascular. También la artista le dedica un espacio especial al afamado fotógrafo norteamericano Robert Mapplethorpe (1946-1989) -desaparecido a causa del virus del VIH-, con quien supo convivir en Nueva York además de deberle haber llegado a la música (“Yo no quería ser cantante”, evoca hoy).

 

“M Train”, una nueva obra tan reflexiva como surrealista, que invita a continuar disfrutando de este viaje imaginario relatado por esta artista que se convirtió en un ícono moderno.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del libro, donde la autora cuenta algunos de sus vivencias que tuvieron lugar en la ciudad de Michigan.

 

El pimiento

En Michigan me convertí en una bebedora solitaria, ya que Fred nunca tomaba café. Mi madre me había regalado una cafetera que era una versión más pequeña de la suya. ¿Cuántas veces la había visto echar el café molido de la lata roja de Eight O’Clock Coffee a la cesta metálica y esperar paciente junto a los fogones a que estuviese listo? Mi madre, sentada a la mesa de la cocina, el vapor que se elevaba de la taza y se entrelazaba con la espiral de humo del cigarrillo, apoyado en un cenicero invariablemente desportillado. Mi madre con la bata de flores azules, sin zapatillas en sus largos pies idénticos a los míos.

Me preparaba café con su cafetera y me sentaba a escribir en la cocina, ante una mesa de juego situada junto a la puerta mosquitera. Cerca del interruptor de la luz había una fotografía de Albert Camus. La clásica imagen con un abrigo pesado y un cigarrillo entre los labios, como un joven Bogart, en un marco de barro que había hecho mi hijo Jackson. El marco estaba esmaltado de verde y del borde interior salían dientes puntiagudos, como la boca abierta de un robot agresivo, no tenía cristal y la fotografía se había desteñido con los años. Como lo veía todos los días, mi hijo se había hecho la idea de que Camus era un tío que vivía lejos. Yo lo miraba de vez en cuando mientras escribía. Escribí sobre un viajero que no viajaba. Escribí sobre una chica fugitiva cuyo apodo era Santa Lucía, simbolizada por la imagen de dos ojos en un plato. Cada vez que freía dos huevos a la vez pensaba en ella.

Vivíamos en una vieja casa de piedra situada junto a un canal que vertía sus aguas en el río Saint Clair. Desde allí no se podía ir andando a ninguna cafetería. Mi único respiro era la máquina de café del 7-Eleven. Todos los sábados por la mañana me levantaba temprano y recorría a pie los cuatrocientos metros hasta el 7-Eleven, donde pedía un vaso grande de café solo y una donut glaseada. Luego me detenía en el descampado que había detrás de la tienda de aparejos de pesca, un simple puesto de cemento blanqueado con cal. Me hacía pensar en Tánger, aunque nunca había

estado allí. Me sentaba en el suelo, en un rincón, rodeada de bajos muros blancos, y dejaba a un lado el tiempo real, libre para deambular hasta el tranquilo puente que comunicaba el pasado con el presente. Mi Marruecos. Seguía el tren que quería, cualquiera. Escribía sin escribir, sobre genios, buscavidas y viajeros míticos, mi vagabundia. Luego volvía andando a casa, felizmente satisfecha, y reanudaba mis quehaceres. Incluso ahora, que por fin he estado en Tánger, ese rincón de detrás de la tienda de cebos parece el verdadero Marruecos de mi memoria.

Michigan. Fueron tiempos místicos. Una época de pequeños placeres. Aparecía una pera en la rama de un árbol, caía a mis pies y me sustentaba. Ahora no tengo árboles, no hay cuna ni cuerda de tender. Hay borradores de manuscritos desperdigados por el suelo, caídos de la cama durante la noche. Hay un lienzo inacabado clavado a la pared y el olor a eucaliptus que no logra enmascarar el desagradable tufo de aguarrás y de aceite de linaza. Hay reveladoras gotas de rojo cadmio en el lavabo del cuarto de baño —a lo largo del borde del zócalo— o brochazos en la pared, donde se salió el pincel. Un paso en el interior de un espacio vivido y se percibe el papel central que ocupa el trabajo en una vida. Vasos desechables de café semivacíos. Sándwiches de la tienda de delicatesen a medio comer. Un bol con sopa incrustada. Aquí hay alegría y dejadez. Un poco de mezcal. Unas cuantas pajas mentales, pero sobre todo trabajo.

 

Así es como vivo, pienso.

 

 

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