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LECTURAS FIERRERAS: "Controlar el delito, controlar la sociedad", un detallado repaso de la criminología mundial


El año ya está promediando y para seguir acompañándote en tus momentos de ocio Autosemanario, además de las recomendaciones habituales para llevar en tu guantera, continúa con su sección: LECTURAS FIERRERAS. En ella vas a encontrar los mejores fragmentos de los libros más importantes y lanzados recientemente.

 

El delito y su represión, ese eterno tema de debate

 

Por Damián Cotarelo

 

Un interesantísimo libro es el resultado que el italiano Darío Melossi (click foto 2), un referente insoslayable en el campo de la sociología y el estudio de la delincuencia, consiguió conformar luego de analizar pormenorizadamente las diferentes teorías y posturas mundiales respecto de la criminología.

Trazando un recorrido histórico y conceptual sobre la ilegalidad y su penalidad, “Controlar el delito, controlar la sociedad” se transforma en una detallada reconstrucción que explora los debates en la teoría social, política y jurídica desarrollados en los escenarios de Europa y los Estados Unidos, desde el siglo XVIII y hasta la modernidad.

Editado por Siglo XXI, las divergentes líneas temporales recorren los pensamientos de figuras como el marqués Cesare Beccaria (1738 - 1794), el histórico jurista y literato italiano, autor del libro “De los delitos y de las penas”  en 1764; el filósofo francés Émile Durkheim (1858 - 1917) o el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud (1856 - 1939). Los prestigiosos sociólogos estadounidenses Howard Becker (1928) y Robert Merton (1910 - 2003), o el intelectual francés Michel Foucault (1926 - 1984) también forman parte de la galería de rutilantes nombres propios que son rescatados -junto a sus distintas posiciones- por uno de los autores que más ha contribuido al desarrollo de una perspectiva crítica sobre el delito y la pena desde la década de 1970, tanto desde el escenario europeo como en el norteamericano.

Desde la vigilancia de los primeros panópticos (un tipo de arquitectura carcelaria ideada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham, hacia fines del siglo XVIII), hasta la “simpatía por el demonio” que los Rolling Stones encarnaron como símbolo rebelde de toda una generación; todo forma parte de un amplio texto que comienza por los debates en torno a la organización política y la reacción social ante la delincuencia en la Europa decimonónica. Posteriormente, se analiza el surgimiento del concepto de control social en la primera “democracia de masas” (Estados Unidos) y la reconstrucción de las venideras teorías sociológicas de la desviación en los dos primeros tercios del siglo XX.

Por último, en una tercera parte, los acontecimientos del período actual -tomados desde comienzos de los años ´70-, y una etapa marcada por un aumento sin precedentes del encarcelamiento en América del Norte y desarrollos en parte semejantes y en parte divergentes en Europa, completan el estudio del catedrático y escritor de setenta años nacido en la ciudad de Bolonia.

 

Una excelente obra que de la mano de un referente en la materia, resume las diferentes corrientes de pensamiento acerca del delito y su represión que se suscitaron a ambos lados del Océano Atlántico.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del libro, donde Melossi brinda una mirada acerca de cómo en Estados Unidos el interés público por la delincuencia comenzó a ampliarse durante el siglo XX.

 

La delincuencia y el New Deal

El período entre la década de 1920 y el New Deal de Roosevelt también fue la época en que el interés público en la delincuencia comenzó a desarrollarse y, con él, se dio el nacimiento de agencias y legislación especiales dedicadas a luchar contra el delito y su estudio desde una perspectiva socio-criminológica. Durante este período, por ejemplo, se hicieron varios intentos por instaurar algún tipo de fuerza policial federal, aunque en cada oportunidad la renuencia del Congreso a crear lo que era considerado una suerte de “policía secreta” (Inciardi, 1984) hacía retroceder su posible creación. Lo que luego pasaría a ser el Bureau Federal de Investigación (FBI, por sus iniciales en inglés) surgió debido a las “cruzadas” de los años veinte contra dos peligros que enfrentaba la sociedad estadounidense, asociados con la inmigración, o al menos eso se percibía. Se trataba, por un lado, del tráfico de mujeres a los Estados Unidos para que ejercieran la prostitución y, por el otro, de la llegada al país de una “ola” de radicales europeos, comunistas o anarquistas luego de la Primera Guerra Mundial. En 1919, A. Mitchell Palmer, nombrado fiscal general por Woodrow Wilson, contrató a John Edgar Hoover como su asistente especial. Juntos, lanzaron una campaña contra los radicales y las organizaciones de izquierda. El 7 de noviembre de 1919 (¡segundo aniversario de la Revolución Rusa!) arrestaron a más de diez mil supuestos comunistas y anarquistas. Muchos fueron detenidos sin juicio durante un largo período. La gran mayoría fue liberada más adelante, pero Emma Goldman y muchos otros fueron deportados a Rusia. El 2 de enero de 1920, otras seis mil personas fueron arrestadas y detenidas sin juicio; muchas de ellas, integrantes de la IWW (véase el capítulo 5).

Luego de las “redadas de Palmer”, que se realizaron en varias ciudades, en 1924 John Edgard Hoover fue nombrado director del Bureau de Investigación, que pasó a llamarse FBI en 1935. En esa época, después de la Depresión y bajo el diferente clima político del New Deal, también cambiaron sus enemigos, al menos en parte. A comienzos de la década de 1930, Hoover inició una guerra contra los “enemigos públicos”, que ahora eran “mafiosos” de alto perfil, como John Dillinger o Bonnie Parker y Clyde Barrow. También contribuyó a la racionalización y burocratización de la agencia, que comenzó a reunir información para el Reporte Uniforme de las Fuerzas Policiales sobre el Delito (la fuente oficial más importante de estadísticas al respecto en los Estados Unidos). Durante la Segunda Guerra Mundial, Hoover estaba nuevamente encargado de proteger a los Estados Unidos de sus agentes enemigos (tarea que la posterior Guerra Fría desarrolló aún más). Esa figura, muy controversial, prestó servicios bajo cuatro presidentes hasta su muerte en 1972 y se aseguró un enorme grado de poder personal. Su obsesiva persecución de las organizaciones de izquierda y otras también supuestamente peligrosas revivió durante los años de agitación en la década de 1960 y continuó que esta terminó, lo cual le generó muchas acusaciones de violación a los derechos humanos (una de las campañas más infames fue el Programa de Contrainteligencia o COINTELPRO contra el activismo radical, cuyo objetivo especial fue el Partido de las Panteras Negras; véase el próximo capítulo).

Durante la Depresión, cobró centralidad para la opinión pública una representación del delito y de los delincuentes que perduraría en el tiempo. En esa época, la lucha de clases alcanzó su primer cota máxima en las grandes huelgas de los años treinta, pero luego perdió centralidad, en especial gracias al proceso de integración de la clase trabajadora en la coalición del New Deal de Franklin Delano Roosevelt. En cambio, la amenaza que provenía de los individuos y organizaciones de índole delictiva, como la infame pandilla de Al Capone en Chicago, adquirieron cada vez mayor prominencia, y así alimentaron una representación colectiva que se desarrollaba junto con la creciente importancia de los medios masivos de comunicación. De hecho, en esa época la industria cultural de masas, cada vez más burguesa, descubrió que el delito era un medio increíble de entretenimiento para grandes cantidades de personas: los programas de radio y de noticias se volvían cada vez más populares, y había cada vez más cines en las grandes ciudades (véase la descripción de Elizabeth Cohen en 1990 sobre esta precipitada expansión de los cines durante la década de 1930 en Chicago).

Si más adelante, durante los años cincuenta, período de un nuevo clima crítico, C. Wright Mills sería capaz de afirmar la necesidad de transformar los “trastornos privados” en “problemas públicos” (Mills, 1959), lo haría probablemente para dar cuenta de lo que sintió que había ocurrido en las décadas anteriores. Los problemas públicos –el desempleo, la falta de derechos colectivos, la represión de los trabajadores y de la oposición política– fueron redefinidos a escala social como “trastornos privados”, sobre todo en las acciones de los grandes gangsters. Sin embargo, esto sólo era posible debido a que esos “problemas públicos” al menos resultaban perceptibles como encaminados hacia una solución. A finales de la década de 1930, los derechos “colectivos” fundamentales de los trabajadores por fin fueron reconocidos no sólo por la legislación nacional, sino también por la Corte Suprema. La economía comenzó a moverse lentamente de nuevo y la fábrica “fordista” dirigía el desarrollo que encontraría su devenir en apariencia imparable en la economía de guerra. J. Edgar Hoover y Hollywood por fin podían entretener al público estadounidense con historias sórdidas de amor, violencia y muerte que poco a poco se irían convirtiendo en el deleite del mundo entero.

A pesar de la retórica del “enemigo público” defendida por J. Edgar Hoover, el hecho de que las desgracias económicas de la Depresión fueran tan generalizadas mantuvo más bien bajo el nivel de relativa frustración; y el tinte progresista de las soluciones políticas dejó abierta la posibilidad de que los “enemigos públicos” no fueran siempre seleccionados entre las clases bajas (véase el apartado “Criminales de guante blanco”, en el presente capítulo). Las tasas de encarcelamiento habían aumentado durante el siglo XIX, en un país que, en muchos aspectos, aún estaba en proceso de formación, y luego decrecieron en el período que abarca de la década de 1890 a la de 1920 (Cahalan, 1979, Berk y otros, 1981; véase la figura 4, p. 280). Esta situación volvió a cambiar luego de 1926, cuando durante la Depresión una tasa de desempleo sin precedentes se vio acompañada por un marcado aumento en el encarcelamiento. Pero incluso dicho incremento no fue en absoluto proporcional a la abrupta escalada del desempleo, que alcanzó a un tercio de la mano de obra estadounidense (Jankovic, 1977). Sin embargo, se observó –como la teoría de Rusche y Kirchheimer sobre la “menor elegibilidad” predecía– una caída generalizada de las condiciones de vida dentro de las cárceles de los Estados Unidos y un aumento de los disturbios y motines (resulta interesante que la primera contribución conservada de Georg Rusche sea en un diario alemán, el Frankfurter Zeitung, sobre los motines en las cárceles estadounidenses en 1929-1930 –Rusche, 1980 [1930]–, donde indica que la causa de estos es la ausencia de protección de la asistencia social para las clases más bajas de la sociedad estadounidense, a diferencia de lo que ocurría entretanto en la República de Weimar).

 

 

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