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LECTURAS FIERRERAS: "Luca es mío", las inquietas memorias de Roberto Petinatto junto al inolvidable líder de Sumo


Llegaron las vacaciones!!! Es tiempo de disfrutar del merecido descanso, y cargar las pilas para encarar con fuerza un año de muchas obligaciones. Pero para seguir acompañándote en tus momentos de ocio Autosemanario, además de las recomendaciones habituales para llevar en tu guantera, inaugura una nueva sección: LECTURAS FIERRERAS. En ella vas a encontrar los mejores fragmentos de los libros más importantes y lanzados recientemente.

 

Descontrol, talento, amistad y buenos códigos durante los agitados ´80

 

Por Damián Cotarelo

 

A treinta años de la desaparición de Luca Prodan, el genial e irrepetible fundador de la banda Sumo, Roberto Petinatto (click foto 2), su ex compañero de ruta y saxofonista, presenta un libro lleno de anécdotas y experiencias vividas juntos, durante la tensa y acelerada década del ´80.

Bautizado “Luca es mío”, el ilustrado material que incluye un puñado de fotografías inéditas, reúne pensamientos, historias y ocurrencias pertenecientes a este líder italiano criado en Escocia, y que fuera encontrado muerto el 22 de diciembre 1987, en un conventillo de Once, con apenas 34 años.

Entre las memoriosas revelaciones compiladas por el músico y conductor nacido en 1955 en Buenos Aires, (aunque curiosamente su parto se realizó dentro de la Embajada de Ecuador, donde sus padres estaban refugiados después del golpe que derrocó a Juan Domingo Perón), se incluyen desde las aventureras estadías que el calvo romano (17 de mayo de 1953) tuvo en las Sierras de Córdoba y posteriormente en Hurlingham (Buenos Aires), y su tremenda adicción al alcohol; hasta el solitario y hermético estilo que cultivó su banda, o algunos de sus particulares gustos personales (por las películas italianas más grasas, por ejemplo).

“Por vivir siete años de mi vida al lado de Luca, como los otros Sumo y nadie más”, la provocadora figura televisiva y radial también transcribe picantes manifestaciones y opiniones, pertenecientes al inmigrante europeo que a comienzos de los años 80's se radicó en Argentina, para formar el quinteto que inicialmente también agrupó a: Germán Daffunchio, Alejandro Sokol, Setpanie Nuttal y Ricardo Curtet. Por ejemplo, a sus ya conocidas críticas al rock criollo (“es una mierda”), también se le suman reveladoras y controvertidas consideraciones que involucran a verdaderas estrellas de la escena musical nacional, como Luis Alberto Spinetta (“Es muy rebuscado y al final no dice nada”) o Virus (“Me parecen totalmente fríos”).

Autor de otros volúmenes relacionados a su ex banda, como “Sumo - La jungla del poder” (1993) y “Sumo X Pettinato” (2009), el ex barbado saxofonista tampoco le escapa a incómodos aspectos como los recurrentes excesos del vocalista o los prejuicios generados alrededor de su figura: “Para muchos Luca era un reventado, un drogado o un chiflado. Hasta el día de hoy, 30 años después, te siguen preguntando qué tomaba o cuánto tomaba de merca o lo que fuere. Y Luca odiaba las drogas duras. Pero amaba aquella que parece haber nacido porque los pueblos del mundo toquen instrumentos, como la marihuana”.

Además, un capítulo especial que repasa una de las primeras entrevistas radiales a Prodan (realizada por el mismo Roberto en un segmento denominado La Zona Fantasma); y un imperdible dossier de fotografías completan este combo editado por Planeta. Entre las caseras imágenes compartidas -algunas en blanco y negro y otras ya en color-, se pueden hallar puntuales presentaciones de Sumo (haciendo foco en el rapado personaje), diferentes afiches, tarjetas bailables, entradas y promocionales, y una serie de invalorables manuscritos originales.

 

Un muy entretenido trabajo que rescata el perfil de uno de los genios de la música contemporánea argentina, el mismo que, aunque sin importarle ni buscarlo demasiado, quizás hoy gritaría con su característica rebeldía: “No me interesa un carajo eso, ¿entendé?”.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del libro, donde Petinatto revela la firme posición de Prodan con respecto a las remuneraciones musicales, y su noble e igualitaria división.

 

Una vez, Luca me dijo:

—Nosotros tenemos que tocar en todos lados, donde los demás no tocan, ¿entendé?

Y tantas veces me lo dijo que fue verdad. Terminamos tocando en esos barrios, ciudades o lo que fuere, donde los demás no iban.

Así fue Federación, donde estaba Manulito Benítez, que vivía ahí, con la inundación de los días anteriores que aún dejaba oler la humedad tremenda en todo el auditorio.

Según dijeron, el agua había tapado hasta la mitad de las butacas. Ahí tocamos con muy poca amplificación y todavía recuerdo a la gente que

fue y las fotos que nos sacamos con ellos, la entrada y la salida de ese lugar que ni siquiera parecía ser un teatro pero sí una ruina permanente preservada casi intacta para futuras actuaciones.

Algo que seguramente no sucedió.

Hoy recuerdo el carácter de Prodan a la hora de cobrar. Nunca jamás olvidaré el día en el que me dijo:

—Nosotros somos músicos. Si no nos pagan, no tocamos.

¿Y saben qué? Siempre creí que éramos una banda de hippies (a quienes, de hecho, él odiaba también). Hacíamos todo por amor. Me enseñó esa forma de pensar y aún recuerdo el silencio que dejó para justificar su pensamiento:

—Si no nos pagan no tocamos, porque… eh… porque… ¡somos músicos!

Y así fue como me decía: “Ayudame a contar”. Nos sentábamos en el piso, él hacía lentamente seis montoncitos de dinero por igual y resultaba que esa era la paga de la noche.

Sí, así como leés: todos cobrábamos por igual. No teníamos conciencia del negocio ni de nada. Es más, recuerdo cuando vino Timmy, nuestro manager, para plantearnos algo inconcebible: parecía que los temas tenían que tener autores… Estábamos en ese sótano de Palomar (del cual hablaré más adelante), Timmy bajó, nos dijo eso, y no sabíamos qué nombres ponerles. Entonces, para ese primer disco los dividimos por igual. ¡Divididos por la felicidad!

Yo era un místico y decidí que, como no sentía que hubiera compuesto nada, no debía figurar. Razón por la cual, si lo ven bien, no figuro en ninguna canción de ese primer disco.

¿Me arrepiento? No.

Solo hablaba y tocaba el saxofón. Hablaba sin parar en largas noches en la casa de Diego —otra mansión antigua y de apariencia inglesa—, sentados en la cocina, al calor de las hornallas, inventando teorías o conceptos que tal vez podían o no llevarse a cabo. Quiero decir que tal vez de ahí surgiera que Diego tocara el contrabajo; tal vez lo hacía desde antes, pero no en un disco.

¿Por qué comento esto? ¡Porque era importante hablar! Muy importante. En especial dentro de una banda que no hablaba demasiado entre sí, y que solo aceptaba lo que surgiera en un ensayo… porque ni siquiera se seguían órdenes de Luca en el sentido literal.

Simplemente, todo “sucedía”, “acontecía”, y ya. 

Prodan no quería tocar gratis y de ese modo conseguía que se respetara nuestra actividad como si fuésemos abogados de un estudio fantasma.

Si conocieras la historia de otro taurino como James Brown, entenderías lo que significa la paga para un hombre de ese signo (¡el mismo de Prodan!). No es dinero, tampoco una dádiva. Es trabajo. Y el trabajo, aunque no se note, se paga. Se le devuelve el placer otorgado… Se disfruta de la entrega y se la devuelve con billetes o una falsa promesa a cumplir.

Pero éramos una familia. En la Argentina nunca hubo una gran tradición en materia de grupos.

Por momentos, si estudiamos el fenómeno, nos encontramos con tipos como Spinetta, Charly o quien fuere, que eran solistas que formaban bandas como Spinetta Jade o Almendra o Pescado rabioso o La Máquina de Hacer Pájaros o Serú Girán.

 

 

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