AutoSemanario


LECTURAS PARA EL VIAJE: "El arpa de Davita", la deliciosa novela idealista de Chaim Potok


Empezaron las vacaciones!! Tiempo de disfrutar del merecido descanso, luego de un año de muchas obligaciones. Para acompañarte en tu viaje Autosemanario, además de las recomendaciones habituales para llevar en tu guantera, inaugura una nueva sección: LECTURAS PARA EL VIAJE. En ella vas a encontrar los mejores fragmentos de los libros más importantes y lanzados recientemente.

 

Hoy les ofrecemos: “El arpa de Davita”

 

Por Damián Cotarelo

 

“El arpa de Davita” es la singular obra que el desaparecido escritor Herman Harold Potok, más conocido como Chaim, publicó en el año 1985.

Hoy, al cumplirse el 20 aniversario de su aparición, Libros del Zorzal trae a Argentina esta obra que se distingue por haberse convertido en el única novela extensa que este rabino hijo de judíos inmigrantes de Polonia, y oriundo de Brooklyn (Estados Unidos),  creó con un personaje femenino como protagonista.

El material narra los días de Ilana Davita Chandal (más tarde Dinn), un personaje que crece en Nueva York en las décadas de 1930 y 1940; razón por la cual mezcla sentimientos de gran alegría y profunda tristeza. Es que Anne y Michael,  sus padres y fervientes militantes comunistas, le transmiten ese gen tan idealista pero las privaciones de la guerra y la Depresión económica le borran la sonrisa en muchísimos momentos.

Continuando con el argumento del texto pensado por el autor nacido en 1929 y fallecido en  julio de 2002; inesperadamente Davita encuentra en la fe judía -que hace largo tiempo su madre había abandonado- un consuelo a su inquisitivo dolor interno y una prueba para su incipiente espíritu de independencia. Para ella, las escurridizas posibilidades que la vida ofrece de felicidad, logros y decencia se convierten en algo real y reverberante como la música de la pequeña arpa que cuelga en su puerta (presente en cada una de los departamentos en que ha vivido) y les da la bienvenida a los visitantes con sus tonos dulces y suaves.

Una historia que enfrenta a los genocidas campos de exterminio de Adolf Hitler, las tropas de Francisco Franco o las tremendas consecuencias de la bomba atómica; contra uno de los más simples de los poderes: el del amor.

Un acertado glosario con el significado de más de 30 términos en hebreo hace un aporte fundamental que ayuda a la correcta comprensión de algunos párrafos de este libro que contó con la traducción de la profesora Mónica Herrero y el apoyo de la Fundación Vainer.

Potok escribió su primera novela “Los elegidos”, en 1967, mientras vivía con su familia en Jerusalén. Ya convertida en un best seller, años más tarde la historia que relata la amistad entre dos muchachos, Reuven Malter, un ortodoxo judío moderno, y Danny Saunders, el inteligente hijo menor de un rabino; fue llevada a la pantalla grande (1981).

 

Un volumen que a través de sus casi 450 páginas propone un careo, que como su propio creador señalara alguna vez “es un enfrentamiento entre dos fundamentalismos... El secular representado por el marxismo, el estalinismo y el comunismo; y el religioso de la extrema derecha en mi propia tradición [judía]”.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del volumen, vinculado a un viaje con su madre en subte para ver una obra teatral.

 

(…) Una fría tarde de esa semana, fui con mi madre en subterráneo hasta Manhattan. El tren estaba lleno y su andar era ruidoso y discordante. Durante el trayecto, mi madre no habló mucho. Salimos de la estación a un aire frío, marrón y neblinoso, cargado del humo del carbón quemándose en los puestos de pretzels y castañas asadas. Caminamos por calles atestadas, forradas de tiendas y cafeterías, y entramos en un cavernoso edificio de buhardillas con techos altos y corredores que hacían eco. Subimos a un viejo ascensor y, a través de su puerta metálica corrediza, vi las entrañas de hierro del hueco. Atravesamos un ancho pasillo con paredes de color verde claro que necesitaban urgentemente una mano de pintura y entramos por una puerta coronada por un vidrio esmerilado que exhibía en grandes letras negras las palabras: comité de ayuda a refugiados. Estábamos en una enorme sala de techos altos que parecía un granero. Una pared de grandes ventanales mojados daba a los edificios marrones de la calle. La sala estaba atestada de escritorios y sillas, y el ruido de las conversaciones la hacía muy bulliciosa. En cada escritorio, se sentaba un hombre o una mujer que  estaba escribiendo o hablando por teléfono o con alguien que estuviera sentado enfrente. A lo largo de las paredes, había filas de sillas de madera plegables ocupadas por hombres y mujeres sentados en silencio, esperando. En la fila de adelante, una mujer estaba sentada y estrujaba lentamente un pañuelo; otra sostenía entre sus dedos un rosario; un hombre con una cicatriz en la cara tenía los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre su pecho; la cicatriz era una blanca línea lívida entre dos planos lisos de piel color oliva. Mi madre me condujo hasta una silla junto a una mujer de mediana edad y me dijo que la esperara hasta que hubiera terminado con su trabajo. Me senté tranquilamente en la silla y observé a mi madre ir hasta un escritorio, sentarse y tomar el teléfono. De vez en cuando, alguien pronunciaba un nombre por un altoparlante y alguien se ponía de pie y se dirigía hacia los escritorios. Miré las caras de las personas a mi alrededor. ¿Eran todos de Europa? ¿De la guerra? Mi padre, el tío Jakob y la tía Sara se habían ido a Europa, y toda esta gente estaba huyendo de allí. Europa. Me disgustaba el sonido de esa palabra. Era la tierra de Baba Yaga. Me pareció que estaba en esa sala desde hacía mucho tiempo.

El aire era frío y húmedo y estaba tenso por la miseria. Observé a mi madre hablar con el hombre de la cicatriz en la cara. Después de un rato, él se retiró y una mujer de edad ocupó su lugar frente a mi madre. Los minutos pasaban despacio. Me había llevado un libro, pero no podía leer. Miraba los rostros de la gente en las sillas. Guerra. Más tarde caminé con mi madre por las atestadas calles vespertinas. Un estrépito surgió del denso tráfico. El aire con hollín, amarronado, era espectral, con fluorescencias, estridencias y columnas de vapor que subían desde las rejillas. Fuimos a un pequeño restaurante y nos sentamos en una mesa redonda cerca de la ventana, mirando a la gente y el tránsito. Pedimos la cena. Comenzó a caer una lluvia ligera. La vi caer sobre la ventana y la calle. Alrededor de las luces de los faroles callejeros, se formaban halos de neblina. Mi madre estaba sentada con su vestido oscuro y su boina; comía despacio, con una mirada distante. Le pregunté sobre qué trataba la obra de teatro que me estaba llevando a ver.

–Es sobre la Gran Guerra en Europa y sobre alguien que quiere detenerla.

–¿Y la detiene?

–No.

–No quiero ver una obra sobre la guerra.

–Es una obra excelente, querida, y quiero que la veamos.

Terminamos la cena y caminamos bajo la lluvia hacia el teatro. Estaba lleno. Nuestros asientos estaban en la platea alta, y yo tenía una buena vista del escenario. Mi madre se sentó en silencio, su rostro estaba pálido de aprehensión. Me incliné hacia ella.

–¿Estás bien, mamá?

–Estoy bien, querida.

–¿Pasa algo malo con papá?

–No, no.

Me volví a sentar. Un instante después se subió el telón. La obra era sobre un hombre sencillo y bienintencionado llamado Johnny Johnson, que se alista en el ejército durante la Gran Guerra para luchar contra los alemanes. Se une a las filas sólo porque la joven con la que se va a casar insiste en que sea un patriota y mate a los alemanes. Él no quiere matar a nadie. Lo envían a Europa y en el frente se hace amigo de un soldado alemán. Ambos se asombran de haber querido matarse entre sí. El alemán dice que sus amigos en realidad no quieren pelear. Johnny Johnson dice que todos deberían dejar de luchar. Casi consigue detener una gran ofensiva contra

los alemanes. Pero los oficiales estadounidenses a cargo de la ofensiva lo arrestan y lo mandan a un neuropsiquiátrico. Muchos años después, lo liberan. Pasa el resto de su vida vendiendo juguetes en la calle. «¡Vendo juguetes! –grita– ¡Vendo juguetes!».

En la obra había canciones y un extraño tipo de música. Lo que mejor recuerdo es el discurso contra la guerra que Johnny Johnson les lanza a los oficiales que están planeando la gran ofensiva: «Terminen con esta matanza, termínenla ya… ¡Háganlo! ¡Háganlo!... Pero ustedes no escuchan… No quieren terminar con esta guerra. Hay algo oscuro y malvado en ustedes, algo los cegó, algo…».

También recuerdo a un sacerdote estadounidense y a un sacerdote alemán, ambos capellanes, rezando juntos a Dios y a Jesucristo: «Sálvanos y líbranos, te pedimos humildemente,de las manos de nuestros enemigos», mientras dos escuadrones de soldados con máscaras de gas, alemanes y estadounidenses, quedan trabados en un combate mano a mano, y un estadounidense y un alemán luchan a mano limpia, y dos soldados, uno alemán y uno estadounidense, yacen enredados en un alambre de púas y mueren con las manos apretadas en señal de amistad, y soldados alemanes ejecutados por ametralladoras estadounidenses al rendirse, y soldados estadounidenses ejecutados por ametralladoras alemanas al rendirse, y Johnny Johnson sosteniendo en su regazo la cabeza de un soldado que se está muriendo y ofreciéndole un trago de agua, y los dos sacerdotes que rezan juntos dicen al unísono: «Amén».

Salimos del teatro hacia la noche de noviembre. Una fría neblina flotaba en el aire. Caminé al lado de mi madre, todavía viendo la obra y escuchando su música. Cruzamos la calle. Podía ver la estación de subterráneo al final de la cuadra.

–Él no estaba loco –dije–. Los otros estaban locos.

Mi madre no decía nada. Estaba enfundada en su abrigo

como si fuera una noche ártica.

–No entendí la obra –dije–. Y no me gustó el final.

Caminamos hacia la estación de subterráneo. El tren salió rugiendo del túnel negro. De regreso a casa, me quedé dormida con la cabeza contra el hombro de mi madre y me desperté con un grito reprimido. La gente me miraba. Había soñado con brazos y piernas amputadas esparcidas en un campo cenagoso. Guerra. Mi madre me sostenía. Pensé que el viaje no terminaría más, las frenadas y los arranques, las sacudidas y los traqueteos, el chillido de las ruedas metálicas. Cuando el tren por fin llegó a nuestra estación, sentí que me desvanecía de agotamiento. Subimos las escaleras hasta el bulevar y enfilamos hacia la casa. Las calles estaban desiertas. Las hojas empapadas yacían debajo de nuestros pies y sonaban como agua bajo mis zapatos. Ingresamos al hall de entrada y subimos las escaleras. Detrás de mí, oí claramente el fuerte sonido del clic de la puerta de acceso al edificio. Cuando entramos en nuestro departamento, el arpa sonó. Apenas nos habíamos quitado los abrigos cuando alguien tocó el timbre. Mi madre abrió rápido. Era la Sra. Helfman.

Creyó que nos había oído llegar, pero no estaba segura, así que había decidido subir y averiguarlo. Parecía sin aliento. Por la tarde, había llegado un telegrama para mi madre, esperaba que no fueran malas noticias. Mi madre le agradeció con voz tranquila. La Sra. Helfman volvió a decir que esperaba que no fueran malas noticias, dio media vuelta y se dirigió hacia las escaleras. El arpa sonó mientras mi madre cerraba la puerta. Parada en el lugar, abrió el telegrama con las manos temblorosas. Le echó un vistazo, luego me lo lo leyó. Era de mi padre, desde Madrid. Iba a volver a casa. (…)

 

 

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