AutoSemanario


Primero hay que saber sufrir... asegura el genial Scott Adams


Por Damián Cotarelo

 

“Cómo fracasar en casi todo y aun así triunfar”, es el título del nuevo libro del estadounidense Scott Adams (click foto 2), donde comparte la estrategia que ha usado hasta -finalmente- convertirse en un hombre exitoso.

El autor, oriundo de Windham, un pueblo ubicado en el estado de Nueva York, es dibujante y creador de la tira cómica diaria Dilbert (click foto 3). Muy famosa por su crítica ácida y mordaz contra la burocracia, el sistema de las grandes empresas privadas y otros aspectos de la sociedad se publica en numerosísimos diarios de todo el mundo desde 1989.

Licenciado en Ciencias Económicas obtuvo una Maestría en Administración de Negocios (MBA) en la Universidad de California en Berkele, además de haber escrito varios textos y recibido muchos premios. Cultor del vegetarianismo, actualmente está al frente de dos exitosos emprendimientos gastronómicos en su país: “Scott Adams Foods” (ejerce la gerencia) y “Stacey’s Café” (es copropietario).

Y todo este currículum aparentemente impecable convierte a su trabajo en sumamente interesante ya que está escrito desde la absoluta humildad. Consciente de que en muchas latitudes -como el mercado latino- su buena estrella no es conocida por todos, advierte que aquí no se hallarán consejos ni recetas mágicas ya que sería probable que no terminen bien, pues “nunca sabes cuándo un humorista está bromeando y cuando habla en serio”. Al respecto el autor se sincera con excesiva modestia: “No soy un experto en nada. Ni siquiera en mi propio trabajo. A veces me extraño que me sigan pagando por hacer lo que hago. La mayoría de los que dan consejos presuponen autores omnipotentes que brindan conocimientos a lectores ignorantes. Yo lo hago con un poco más de humildad, presupongo que el que lee este tipo de libros es más inteligente que el ciudadano promedio y, en la mayoría de los casos, más brillante que yo”.

Es así que entonces a través de una original autobiografía el creador del querido personaje de historietas -que luego le abriría las puertas de muchos otros negocios - expone los múltiples fracasos que lo han acompañado desde la adolescencia, y cómo su abrazo y un análisis autocrítico respecto de ellos lo hicieron llegar a donde está hoy.

Intentos de crear bolsas de resina con velcro, juegos de ordenador, anuncios en agendas electónicas; repartir comida a domicilio y hasta su primera entrevista de trabajo (en la multinacional Xerox) o la primera vez que intentó dibujar, son alguno de los más de veinte traspiés que, a modo de resumen, toman todo el capítulo cuarto.

Le continúan otros más importantes y representativos, relatados con mayor despliegue, como su nefasto paso por el Crocker de San Francisco: “En los ocho años que pasé en el banco fui incompetente en un puesto tras otro”. O su “pifia favorita, absoluta y espectacular” cuando lo echaron de una entrevista laboral en “Ocho  Grandes”, una reconocida empresa contable.

Con el humor como bandera, y apoyado en un franco sentido común, Adams va develando algunas de las cosas que ha aprendido a lo largo de su vida y entregando frases sumamente sustanciosas tales como: “Una combinación de habilidades mediocres puede hacerte sorprendentemente valioso”, “Las metas son para los perdedores, los ganadores utilizan sistemas” o “La pasión está sobrevalorada, lo que se necesita es energía personal”.

Editado por Empresa Activa -sello perteneciente al Grupo Urano- este lejano ex oficinista que parecía condenado a la triste rutina utiliza un lenguaje llano y dirige su trabajo a todos los lectores, ya que como el mismo afirma: “Una combinación de habilidades mediocres puede hacerte valioso”.

Una gran obra escrita por una persona que, a pesar de que hoy disfruta de una excelente cosecha, no olvida que muchas veces sembró frustraciones. Y tiene la generosidad de reconocerlo primero y luego compartir sus vivencias.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del volumen, donde cuenta los primeros años de su máxima creación.

 

El momento adecuado también es cuestión de suerte

Cuando usted practica las afirmaciones y resulta que tiene éxito en el área en que se había concentrado, le parece que ha tenido una suerte extraordinaria. Al menos eso es lo que le parece. La historia del éxito de Dilbert está repleta de sucesos que parecen fortuitos. Describiré algunas de las partes más aleatorias de mi historia para que tenga una idea de la suerte que hay que tener a veces antes de encontrar el éxito.

El mayor componente de la suerte es el momento propicio. Cuando el universo y yo hemos seguido una agenda compatible (totalmente por casualidad) las cosas han salido de perlas. Cuando el momento no era el adecuado, la gran cantidad de trabajo duro y de talento no ha servido de nada. Dilbert es el mejor ejemplo del momento adecuado que verá en su vida. El hecho de que la suerte me sonriese no fue del todo un accidente; me puse en una situación que favorecía ese encuentro. Fui como un cazador que elige con cuidado dónde apostarse en un bosque y espera oculto a que el ciervo pase por allí. A pesar de todo, el cazador debe tener suerte, pero gestiona la situación para aumentar sus probabilidades.

Yo hice algo parecido. Probé muchos caminos distintos, mantuve el optimismo, invertí las energías, me preparé aprendiendo todo lo que pudiera y me quedé en la partida el tiempo suficiente como para que me encontrase la suerte. Tenía la esperanza de que un ciervo acabara pasando por allí, y lo hizo con Dilbert.

Con su permiso, le proporcionaré una instantánea de la suerte (el momento idóneo) que tuvo que intervenir para que Dilbert tuviera éxito.

De entrada, tuve que nacer en una época en la que existían los diarios y las tiras cómicas tuvieran un peso específico. Además, debía contar con la composición genética necesaria para hacer ese trabajo, y la educación pertinente. Y contribuyó no poco haber nacido en Estados Unidos.

Mi primera editora de viñetas, Sarah Gillespie, detectó de inmediato el potencial de Dilbert cuando repasó las muestras que yo había proporcionado a United Media. Sarah estaba casada con un ingeniero que trabajaba en IBM. Cuando se vestía para ir a trabajar, su marido llevaba camisas de manga corta blancas y con botones, con bolígrafos en el bolsillo, como Dilbert. Aunque las otras empresas sindicadas vieron Dilbert y no sintieron vínculos con él, me enviaron educadas cartas de rechazo. Cuando Sarah vio las tiras, conectó tanto con el contenido como con el guión, y las defendió a pesar de sólidas objeciones dentro de su empresa. Si hubiera sido otro quien hubiese ocupado el puesto de Sarah, creo que hubieran rechazado Dilbert. En la industria sólo había un puñado de personas que permitían la entrada en el mercado de los tebeos nuevos. ¿Qué probabilidad había que una de ellas estuviera casada con un Dilbert de carne y hueso?

Durante los primeros años tras el lanzamiento de Dilbert, tuvimos problemas para que los diarios metropolitanos importantes lo incluyeran en sus páginas. Es necesario que un diario de peso dé ese paso antes de que los demás lo consideren un riesgo justificado. Un día una empleada del Boston Globe, cuyo trabajo incluía repasar los materiales enviados al sindicato y recomendar cómics nuevos a los directivos, se fue de vacaciones con su esposo. Ella conducía el coche; él estaba aburrido. Dio la casualidad que llevaban en el coche el paquete de muestra de Dilbert. El marido, que era (otra vez la suerte) ingeniero, empezó a leerlo y a reírse. Su esposa no conectaba con Dilbert de la misma manera, pero se fiaba de la reacción de su esposo, y recomendó incluir las tiras en el Boston Globe. Teniendo en el bolsillo esa venta, muchos de los periódicosdel noreste siguieron sus pasos.

Pero las ventas en el oeste de Estados Unidos fueron penosas. Más tarde me enteré de que el comercial encargado del área no era fan de Dilbert. De modo que, cuando hacía visitas comerciales, mantenía los dibujos de Dilbert dentro del maletín, y enseñaba otros tebeos. Entonces el universo intervino: el comercial padeció un ataque cardíaco y falleció en la habitación de un hotel en plena ruta. Su sustituto, John Matthews, identificó Dilbert como la serie más vendible de las que tenía United Media. ¡Y vaya si la vendió! A todos los periódicos que visitó. John es el mejor comercial que he visto jamás. Si no hubiera estado disponible para el puesto, o el vendedor originario siguiera vivo, es posible que Dilbert hubiera sido una tira cómica publicada en el noreste del país durante unos años antes de sumirse en el olvido.

El momento propicio para Dilbert fue implacable. A mediados de la década de 1990 los medios de comunicación pusieron su atención en la tendencia preocupante de la redimensión empresarial, y Dilbert fue un tema destacado en los debates sobre el asunto, como el símbolo de los desdichados oficinistas del mundo. Dilbert figuró en las portadas de Time, People, Newsweek, Fortune, Inc. y más. Modifiqué las tiras para que se centrasen más en el lugar de trabajo de lo que lo hacían antes, y esto dio pie a un ensamblaje perfecto entre un cómic y una era.

Más o menos al mismo tiempo la propia tecnología se convirtió en la estrella. Internet entró con fuerza, llegó la era punto com, y de repente todo lo técnico era fascinante, incluso para el público general. En la década de 1980, Dilbert no hubiera sido más que otro cómic sobre currantes. En la década de 1990, Dilbert simbolizó el tipo de genios de la tecnología que transformaban la vida en el planeta Tierra. Dilbert era, inesperada e irónicamente, «sexy».

Incluso tuve más suerte cuando Berke Breathed retiró su célebre tira cómica Bloom County y dejó montones de espacios en los diarios. Más adelante, Bill Watterson, creador de Calvin y Hobbes, se jubiló, lo cual dejó incluso más huecos. Nunca se había dado el caso que unos dibujantes cómicos se jubilasen cuando estaban en la cumbre y eran jóvenes. Además, ese momento coincidió con la creciente atención que recibía Dilbert, convirtiéndolo en la opción más evidente para sustituir a los desaparecidos. Los diarios lo compraron entusiasmados.

En un capítulo anterior ya hablé de mi problema en la mano, la distonía focal. Mi carrera se habría terminado de no ser por el desarrollo simultáneo del Cintiq, de Wacom, que me permitió dibujar directamente sobre el ordenador sin problemas. ¿Qué probabilidad había de que el problema y la solución apareciesen al mismo tiempo? Si mi problema físico hubiera llegado cinco años antes, quizás habría abandonado el dibujo.

El éxito de Dilbert es, en su mayor parte, una historia de suerte. Pero yo facilité a la suerte encontrarse conmigo, y cuando lo hizo estuve totalmente preparado. La suerte no le proporcionará una estrategia o un sistema; esa parte tiene que hacerla usted solo.

Me resulta útil ver el mundo como una máquina tragaperras que no te pide que eches dinero. Lo único que pide es tiempo, atención y energía para tirar de la palanca una y otra vez. Una máquina tragaperras normal, que exige dinero, acabará arruinando a cualquier jugador a largo plazo. Pero la máquina que ofrece beneficios infrecuentes pero seguros, y encima no exige invertir dinero, es una ganadora garantizada si usted tiene lo que hace falta para seguir dándole a la palanca hasta tener suerte. Dentro de este entorno puede fracasar el 99 por ciento de las veces, aun sabiendo que el éxito está garantizado. Lo único que necesita es mantenerse en el juego el tiempo necesario.

 

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