AutoSemanario


Progresismo: un libro que suma al debate nacional


Por Damián Cotarelo

 

Con una muy interesante y provocativa mirada fue lanzado “Éramos tan progres”, el debut editorial del periodista cordobés Adrián Simioni (click foto 2 -crédito Sergio Cejas-), donde analiza aspectos fundamentalmente nacionales de la corriente política de centro-izquierda, formada por doctrinas filosóficas, éticas y económicas que persiguen el progreso integral del individuo en un ambiente de igualdad, libertad y justicia.

En el texto, al autor que describe duramente al típico progre argentino como “cínico y simplón” y lo califica de “populista, progrepopulista, progre nac & pop escondido en el closet de la corrección política”, expone mitos, medias verdades y silencios que se han impuesto en la sociedad desde hace varios años. Con respecto a este punto el autor considera que “es muy difícil salir” y en conversación con la radio Cadena 3 opinó: “Esas medias verdades, mitos, intoxican el debate político en Argentina, nos tiene frenados, este ida y vuelta nos impide que avancemos en el conocimiento de la sociedad y en el desarrollo de políticas públicas”.

Desde su trabajo, el editor adjunto de Política y Negocios del diario La Voz del Interior (Cba), asegura que los progresistas son muy cultos por lo cual no rebelan públicamente la idea de que todos los empresarios son ladrones, y deja interesantes interrogantes que generan un profundo debate: ¿Por qué se glorifica al Estado y se demoniza al empresariado en un país con un sector público disfuncional y empresas raquíticas? o ¿Por qué se ejerce una defensa cerrada de las corporaciones estatales en las que se reproduce una casta social hegemónica, temerosa de cualquier cambio, inmune a la autocrítica y negadora de su obligación de contribuir con eficiencia a la “torta social”?

Continuando con su dureza, que no es más que su visión de las cosas, Simioni  expresa en su obra que el progresismo escrituró un monopolio de la bondad marketinera y el humanitarismo sin riesgos y lo puso al servicio de la extorsión moral contra los que se someten a un relato mediocre y, en el fondo, conservador”.

De gran actualidad en el debate político nacional, “Éramos…” que fue presentado hace pocos días en el aula magna de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de Córdoba,  entrega una visión crítica de la última década kirchnerista con variados ejemplos y explicaciones.

Un libro que aporta a la discusión política pero desde un lugar bien clara, y es el propio autor que asegura desde su primer página “[no tiene pretensión ni cientificidad]… [es solo un señalamiento realizado desde un terreno tan ideológico, parcial y confuso como aquel al que el texto se refiere]… ”. Todo una definición.

 

Aquí, Autosemanario les ofrece un extracto del libro, donde se habla de un tema de extrema actualidad: progresismo e inflación.

 

La fantasía de la demanda

Los progresistas tienen varios problemas con la inflación. Uno es que han fetichizado la idea de que “el Estado debe intervenir en la economía incentivando la demanda agregada”. Les encanta esa frase porque quiere decir que el Estado —que en muchos casos es el empleador/ contratador/subsidiador de los mismos progresistas— debe gastar siempre más y un poco más.

Es una mutilación vulgar de recetas keynesianas y también monetaristas según las cuales conviene que las autoridades monetarias regulen la cantidad de dinero o su costo (tasa de interés), aumentando la oferta en épocas de debilidad económica (para estimular la actividad) y reduciendo la oferta en épocas de excesivo auge (para evitar la inflación). El progresismo mutila esta teoría y se queda con la parte que más le conviene.

Así, uno podía escuchar, en 2007, antes de que estallara la última crisis económica internacional, antes de que aparecieran problemas fiscales, a una larga fila de funcionarios y políticos kirchneristas justificando que el Estado incrementara incesantemente el gasto público en la necesidad de “sostener la demanda agregada”. ¿Para qué, si la economía crecía con fervor? Era el momento de ahorrar.

Otro ejemplo: en 2011, cuando los efectos de la crisis de la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos ya habían menguado, seguían exigiendo que el Estado argentino hiciera lo mismo, aunque esta vez no sólo la economía crecía (más moderadamente) sino que la inflación claramente se aceleraba. Era el momento de enfriar.

Cristina Fernández era tan consciente de eso que estuvo a punto de hacerlo. Ella misma anunció, luego de ganar su reelección con 54 por ciento de los votos, un ajuste, que editó con el nombre de “sintonía fina” para que calzara mejor en su voluble biografía. Pero optó por negar y mentir la inflación. Y esconder en el placar a la mitad menos conveniente de las recetas de inspiración keynesiana. Si no, tendría que haber moderado el desvarío fiscal. Y Cristina Fernández necesitaba hacer exactamente lo contrario. La reforma de la Constitución y la ambición de una “Cristina eterna” iban a exigir que se repartiera mucho dinero para mantener la mística del relato y sofocar cualquier oposición.

El progresismo ingenuo terminó fetichizando los billetes. Y creyendo que, “para incentivar la demanda agregada”, bastaba imprimir dinero y repartirlo. Al final del ciclo, terminó distribuyendo papeles devaluados, que ya no tenían impresa la imagen de Roca, sino la de Evita. Qué curiosa declinación de la historia.


El fantasma de la oferta

Pero el progresismo no tiene problemas sólo con la demanda, sino también con la oferta. El Estado puede repartir dinero. Pero, salvo unas pocas excepciones, a las cosas que el dinero compra las tiene que producir alguien más.

Por tanto, es inviable llevar adelante una política progresista si se confisca, se desprecia y/o se amenaza a quienes se dedican a organizar por su cuenta y riesgo el esfuerzo social para generar los bienes y servicios que después se podrán adquirir con dineros provenientes de distintas fuentes, incluido el que reparte el Estado. No es viable la vida en sociedad sin contar con la buena voluntad de quienes saben hacer que las cosas se hagan e invierten y trabajan lo necesario para que eso suceda. El progresismo pretende repartir la riqueza. Pero no se dedica a crearla. Necesita que otros, los ambiciosos, la creen. Y que después esos codiciosos acepten ceder a los demás una parte de lo que les pertenece.

Para que quede claro: los cerdos tienen la mala costumbre de no trasladarse por sí solos a La Rioja y de no transformarse a sí mismos en chorizos. Por lo general, alguien los cría y engorda en algún lugar de la pampa. Luego alguien los carga vivos o ya procesados en un camión y los lleva a La Rioja. Allí, alguien los compra y los procesa o compra los chorizos ya elaborados para colgarlos en un mostrador. Toda esta gente, mientras hace esos trabajos, paga impuestos.

Luego, trabajadores sociales progresistas toman una parte de esos impuestos para sí mismos bajo la forma de salarios estatales y reparten el resto bajo múltiples formas de subsidios con los que los beneficiarios van, entre otras cosas, a comprar chorizos a las carnicerías.

Mientras, muchos de los trabajadores sociales progresistas tienden a confirmar que ellos son las únicas y más generosas personas de la tierra y que la pobreza de sus subsidiados es producida por criadores de cerdos, matarifes y camioneros.

El progresista estándar tiene serios problemas para admitir que si no fuera por los codiciosos sólo podrían distribuir la nada, la pobreza, la medianía de una mateada a la siesta, la condescendencia culposa del asistente social. Buenas intenciones para calmar sus propias conciencias; pero nada concreto para los demás.

En cualquier país es de por sí conflictivo y delicado cobrar impuestos a quienes producen para, luego, distribuir ese dinero a grupos sociales que luego demandarán esos bienes.

Pero en Argentina ese equívoco llegó al paroxismo cada una de las muchas veces que se ingresó a la inflación perenne. Cuando le sucedió lo mismo que ya les había sucedido a otros, el gobierno de Cristina Fernández, incapaz de admitir la impericia que lo llevó a chocar la calesita de la década más favorable de la historia, salió a cazar chivos expiatorios. Los culpables eran los empresarios codiciosos, los formadores de precios, los especuladores.

Fueron los años en que un secretario de Comercio, Guillermo Moreno, humillaba e insultaba a empresarios atemorizados, mientras los militantes vociferaban en los actos estatalmente planificados y en las calles se pegoteaba fascismo en afiches que “mandaban al frente” a “los responsables” de la inflación.

Fueron años en que el Gobierno podía extorsionar con créditos, permisos de importación, permisos de exportación, habilitaciones, inspecciones fiscales o laborales y un arsenal de medidas burocráticas.

¿Quién, en su sano juicio, podía imaginar que en esas condiciones podía incrementarse la oferta de modo que alcanzara para satisfacer la “demanda agregada incentivada por el Estado”?

Sólo el pensamiento mágico de la vulgata progresista podía esperar racionalmente que los pesos se encontraran armoniosamente con los paquetes de fideos. A esa altura, los que sabían cómo hacer que hubiera fideos en las góndolas sólo aspiraban a pasar inadvertidos. Mucho menos veían la oportunidad de ampliar instalaciones, tomar empleados y arriesgar más de lo que ya tenían en juego, ante un panorama cada vez más oscuro.

La ingenuidad de quienes creen que la inflación estructural responde a la codicia empresaria y no a un desequilibrio monetario de origen fiscal no resiste dos preguntas: si los empresarios son los mismos y siempre codiciosos, ¿por qué la inflación no era un problema entre 2003 y 2007?; si incluso muchas empresas son las mismas (multinacionales) y el capitalismo responde a las mismas reglas en todas partes, ¿por qué entre 2008 y 2013 estalló la inflación en Argentina, mientras no lo hacía en Brasil, en Chile, en Uruguay, en el mundo en general?

 

 

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