AutoSemanario


Sebastián Armenault y su primer libro: un ejemplo de superación y solidaridad


Por Damián Cotarelo

 

Sebastián Armenault (click foto 2) estudió en la Universidad de Belgrano y en la UADE, ya desde los 18 años trabajaba en el área de Marketing y Comercial de diferentes empresas y jugaba al rugby en el Club Banco Nación. Una vida normal. Hasta que pasados los 40 años sintió que todo eso no lo llenaba, que su rutina lo abrumaba, y decidió abandonar la rutina para “correr tras el sueño”.

Todo empezó cuando pese a las múltiples operaciones de rodilla, un día lo invitaron a correr y aceptó. Apenas si pudo completar sus primeros dos kilómetros en los lagos de Palermo y terminó exhausto. Hoy se ríe y confiesa: “Casi me muero”. Sin embargo esos primeros giros le hicieron despertar el entusiasmo de un niño y lanzarse a una aventura de cuentos. Y ni maratonear más de una vez en los 56 grados del desierto de Sahara (territorio que se extiende por Argelia, Chad, Egipto, Libia, Malí, Mauritania, Níger y Sudán), soportar los 32 bajo cero de la Antártida o recorrer los 4.000 metros del Himalaya lo hicieron detener. Generalmente arriba entre los últimos, pero a él eso es lo que menos le importa.

“Corro para superarme a mí mismo”, afirma Armenault  y enseguida añade su costado solidario “por cada kilómetro recorrido, las empresas que apoyan mi proyecto hacen donaciones a colegios, comedores, geriátricos y hospitales”. Siempre acompañado de la bandera argentina que flameaba en la meta de cada desafío, y luego de trasmitir sus experiencias en notas periodísticas y de dar muchas charlas en colegios hoy presenta su primer libro “Superarse es ganar”.

Editado por Emecé, el texto es muy entretenido y recorre la historia de este hombre común que se transformó en el primer argentino en formar parte del 7 Continents Club y desafió todos los pronósticos y los prejuicios para participar de las carreras más exigentes en los lugares más exóticos del planeta.

Desde hace ya varios años lleva la bandera argentina a los maratones más extremos del planeta, como los 170 km del desierto en Emiratos de Omán, los 190 km del Himalaya, los 200 km de Nueva Zelanda, los 50 km del Polo Sur y los 250 km del desierto del Sahara, entre otros.

Con una historia clínica que incluye “cuatro operaciones de rodilla, 11 yesos y rotura del hueso ilíaco, dos costillas y un hombro”, creó ya hace cuatro años el proyecto solidario SA18, donde bajo el lema que le da título al libro transmite y concluye: “Con esfuerzo, alegría, respeto, pasión y humildad no hay objetivo ni sueño inalcanzable”.

 

Aquí, Autosemanario les ofrece un extracto del libro, en este caso vinculado a las situaciones extremas que debió soportar en el Polo Sur.

 

En compañía del hielo. Los 50 km del Polo Sur

 

Mientras comía algo, empecé a sentir un repentino e intenso frío en todo el cuerpo. Supuse que era a causa de haber ingerido comida y bebida caliente, pero cuando retomé la carrera, me di cuenta de que ese frío era mi propia transpiración que se había congelado, transformándose en una fina escarcha entre la ropa y la piel que funcionaba como papel de lija, raspando todo mi cuerpo.

El viento aumentó su velocidad y el frío se filtraba por todos lados, pero yo tenía el escudo de papel de diario de mi abuelo, que me protegía. El terreno había cambiado, el hielo firme se había vuelto una especie de nieve blanda en la que me enterraba casi hasta la rodilla con cada paso que daba. Los dedos de los pies sufrían la dureza de las zapatillas y ya pronosticaba que al menos cuatro dedos perderían sus uñas. Con todas estas dificultades a cuestas, me di cuenta de que la dureza de la carrera crecía a medida que avanzaba. Recurrí a mi fórmula personal, y empecé a pensar en mis hijas, en el reencuentro, en el gran abrazo que les daría, y por supuesto, también en toda mi familia y mis amigos. Me imaginaba compartiendo una rica comida, contándoles todo lo vivido, y también pensé en Ale, que me diría que él también había superado su carrera. Poner la mente en esas cosas y en el proyecto, las donaciones, las caritas felices de los nenes al recibir una taza de cereales y leche, los mensajes de la gente. Todo eso era un bálsamo para mí, llegado en medio de la inclemencia de esa carrera. Al fin pude distinguir no tan lejos el arco de llegada y desde ese momento no pude parar de llorar, sobre todo cuando me relajé y comencé a disfrutar de esos últimos metros.

Los demás no entendían nada, porque en vez de parar, me dispuse a recorrer ocho kilómetros más en honor a mi amigo Ale, tal como lo había planeado. Estaba feliz de haber cumplido los cuarenta y dos kilómetros oficiales de la carrera y seguí, a pesar de los dolores y los contratiempos. Fueron ocho kilómetros impresionantes, contemplando el Desierto Blanco, disfrutando del encuentro con la soledad y la naturaleza de aquel lugar lejano y único en el planeta.

Cuando terminé, me esperaba el premio de cada carrera, una pizza y una Coca-Cola. Había previsto todo, porque sabía que en la Antártida no habría pizza, así que había llevado una congelada desde Buenos Aires. Apenas bajamos del avión, había preguntado dónde estaba la cocina y le había pedido a la cocinera que por favor me guardara bajo llave la pizza congelada para mi regreso. Ella se rio mucho y con muy buena onda me dijo que me la guardaría. Luego de correr los cincuenta kilómetros, pasé por la cocina y le avisé que había terminado y que esperaba esa pizza que había guardado y había prometido agregarle «doble queso».

Mientras tanto, busqué una palangana con agua caliente, me la llevé a la carpa, me saqué todo y puse los pies un rato en agua caliente. ¡Qué sensación increíble volver a sentir los pies calientes! Me cambié de ropa y fui en busca de mi premio. Salí de la carpa, agarré las dos latitas de Coca que había dejado en el hielo, y llegué a la carpa en donde comíamos. Todos me recibieron con un aplauso y apareció la cocinera con la pizza. Los demás se miraban entre ellos, porque no entendían cómo había hecho yo para traer una pizza hasta esas latitudes, pero el asombro fue mayor cuando la corté en muchos pedacitos y les convidé; por supuesto, nadie pudo resistirse a esa pizza argentina. Volví a la carpa a descansar y, para mi sorpresa, me encontré con que el agua de la palangana se había congelado. ¡La mejor prueba de que de verdad hacía muchísimo frío! Salí de la carpa para vaciar el recipiente y me crucé con Richard, el organizador de la carrera. Me felicitó y me preguntó si sabía que me faltaban sólo dos continentes para ser parte del club 7 Continents. Le dije que no sabía que existiera ese club, y él se rio y me explicó que estaba parado delante del que lo había creado. Nos reímos los dos y luego me aclaró que en el Club no había aún ningún argentino ni sudamericano. Por dentro, algo se había encendido. Robert, sin darse cuenta, me había ofrecido el dato que necesitaba para elegir mis próximos desafíos: me faltaban Europa y América del Norte. Los siete continentes que computa el Club son América del Sur, América del Norte, Asia, África, Oceanía, Europa y Antártida y el único requisito que exige, es correr por lo menos un maratón, o sea cuarenta y dos kilómetros, en cada lugar. Esa charla con Robert definiría mis próximos destinos para correr. La llegada a mi casa, el abrazo de mis hijas, sus sonrisas y la emoción compartida… una vez más. El reencuentro con mi familia y los amigos, leer los mensajes, recargarse de energía vital. Apenas llegué, me dispuse a organizar la entrega de las donaciones que entre todos habíamos logrado. Cada entrega tiene alguna historia o algo que la marca.

 

Seguí al autor español en: https://twitter.com/SebasArmenault

Y si querés conocer su web con imágenes andá a: http://sa18.com.ar

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