AutoSemanario


Un ensayo propone entender "¿Qué es y para qué sirve la filosofía política?"


Por Damián Cotarelo

 

Fundamentalmente destinado a los políticos que toman decisiones y a los estudiantes, pero también a todas aquellas personas que quieran comprender los fundamentos profundos que inciden en la política y en el tipo de sociedad que se plantea como horizonte, llega a nuestro país el renombrado libro “¿Qué es y para qué sirve la filosofía política?”.

Firmado por el prestigioso filósofo político y sociólogo inglés, Adam Swift (click foto 2), quien se formó en Óxford con intelectuales de la talla del norteamericano Steven Lukes y el británico Joseph Raz, la obra reviste una gran utilidad al erigirse como una verdadera guía que desarrolla el ABC de la disciplina.

Desde el prólogo de esta tercera versión actualizada el actual docente de la Universidad de Warwick clarifica su objetivo contando que el volumen “intenta, de un modo más sistemático, decir a los políticos algunas cosas que sabrían si estudiarían filosofía política hoy (…) En términos más generales, está escrito para todo aquel que, cualquiera sea su nacionalidad y su simpatía política, esté suficientemente interesado en las ideas morales que subyacen a la política como para valorar una introducción breve y accesible a los conceptos del tema”.

De recorrido ágil, aunque no por ello resignando profundidad de análisis ni rigor crítico, el europeo destina un extenso capítulo analítico por cada uno de los cinco principales tópicos presentes en la filosofía política desde sus comienzos: la justicia social, la libertad, la igualdad, la comunidad y la democracia.

Así, por ejemplo, el escritor que -junto con Stephen Mulhall- publicó en 1992 “Liberals and Communitarians”, un extraordinario ensayo sobre el debate entre liberales y comunitarios que le valió el reconocimiento internacional en el ámbito académico (no editado en Argentina), inicia su apartado acerca de la igualdad: “Es más controvertida que la justicia -incluso que la justicia social- o la libertad. Muchos rechazan la igualdad. Los igualitaristas, se suele decir, suscriben la política de la envidia, fomentan una cultura de la dependencia en la que los individuos -protegidos como niños por el Estado- pierden cualquier sentido de la responsabilidad y muestran una ignorancia obstinada de los requerimientos funcionales de una economía moderna y dinámica en el contexto del mercado global”.

Los debates más relevantes que se suscitaron en la disciplina durante las últimas décadas también son incluidos, así como un amplio espacio dedicado a la sugerencia de un grupo de muy interesantes lecturas adicionales de autores internacionales tan influyentes como complejos que, sin dudas, enriquecen enormemente el trabajo. Entre la lista de reconocidos intelectuales en nuestra región figuran desde los estadunidenses Debra Satz, Robert Nozick, Michael Walzer y Michael Sandel, el israelí Joseph Raz, y el neozelandés Jeremy Waldron, hasta el británico Quentin Skinner, el canadiense Charles Taylor y el propio Raz.

Habiéndose renovado desde aquella primera edición lanzada en 2001, en este ejemplar que en Inglaterra ya agotó varias tiradas y va camino a convertirse en un clásico, Swift se apoya en variados ejemplos para iluminar ciertas explicaciones que funcionan como respuestas a problemas reales, además de incorporar otros temas de gran actualidad como la justicia global y la equidad de género.

Publicado por Siglo XXI y formando parte de la colección “Derecho y política”, este muy vigente ensayo continúa manifestándose como una referencia de gran valor para un tema que no solo involucra a los dirigentes sino a la sociedad toda.

 

Aquí, en exclusiva, Autosemanario les ofrece un extracto del libro, en este caso vinculado a la Justicia Social.

La idea de justicia distributiva existe desde hace mucho tiempo –el filósofo griego Aristóteles (384-322 a. C.) escribió sobre ella–. En cambio, con la justicia social sucede algo diferente. La idea de justicia social es bastante reciente; comenzó a usarse poco a poco a partir de 1850 aproximadamente, y no a todo el mundo le gusta. Se desarrolló sólo cuando los filósofos comenzaron a considerar las instituciones sociales y económicas clave de la sociedad –que determinan de forma decisiva la distribución de beneficios y de cargas– como un objeto adecuado para la investigación moral y política. La idea no entusiasma a todos los filósofos. Las personas pueden actuar de forma justa o injusta, pero ¿qué significa decir que la sociedad es justa o injusta? A algunos políticos tampoco les fascina. Para ellos, quienes hablan de justicia social tienden a sostener la creencia errónea de que es tarea del Estado generar ciertas consecuencias distributivas, lo que supone interferir en la libertad individual y en el funcionamiento eficiente de la economía de mercado. (Para disipar una confusión frecuente, establezcamos desde el principio que la justicia social y la distributiva se suelen considerar distintas de la justicia retributiva. Esta tiene que ver con la justificación del castigo, con hacer que el castigo se adecue al crimen. De modo que no vamos a ocuparnos del tipo de justicia que administra el sistema penal, en el que hablaríamos de “errores judiciales”.)

Puesto que es controvertida, y relativamente reciente, ¿no tendría más sentido empezar por la libertad, o la comunidad, ideas antiguas que todos valoran? Empiezo por la justicia social por dos razones.

La primera, y más importante, es que la mayoría de los filósofos políticos no dudarían en afirmar que lo que transformó y revivió su disciplina fue la publicación de un libro sobre justicia social:

Una teoría de la justicia (1971), del filósofo norteamericano John Rawls (1921-2002). Estaría de acuerdo con ellos. Antes de Rawls, durante muchos años, la filosofía política académica consistía o bien en la historia del pensamiento político, o bien en análisis lingüísticos cuasi técnicos del significado de ciertos conceptos políticos. Desde Rawls ha habido una discusión sistemática y sustantiva sobre cómo deberían ser en realidad las sociedades en las que vivimos. (“Sustantivo” significa “relativo a la sustancia o el contenido, no sólo a la forma”.) Resulta útil entender que mucho de lo escrito desde entonces tiene relación con la teoría de Rawls –les guste o no, aquellos que escriben tras su estela tienen que pensar cómo se relacionan sus propios argumentos con los de aquel–, de modo que es importante exponer los fundamentos de su posición de entrada. Su teoría invoca e incorpora ideas de libertad, igualdad y comunidad. Estos conceptos están estrechamente interrelacionados, y pensar en su abordaje de la justicia proporciona el camino de acceso más conveniente.

En segundo lugar, una de las afirmaciones más famosas de Rawls es que “la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales”. Esto es discutible, como veremos: se puede considerar que otros objetivos, que entran en conflicto con la justicia, son más importantes. Pero con bastante frecuencia las personas creen que los otros objetivos sólo pueden perseguirse en la medida en que esa búsqueda sea compatible con las exigencias de justicia. Pensemos en una situación en la que se puede hacer muy feliz a muchas personas matando a un hombre inocente. (Supongamos que creen equivocadamente que es culpable y por eso su muerte los haría felices.) La mayoría de la gente piensa que hacer eso estaría mal, porque lo más importante es no tratar a las personas de manera injusta. Algo parecido subyace a la idea de que es mejor dejar libre al culpable que castigar injustamente al inocente. Desde esta perspectiva, la justicia es una restricción a lo que podemos hacer. Ahora bien, no nos lo dice todo: no olvidemos que hablamos de las virtudes de las instituciones sociales, no de las que deberíamos demostrar en nuestra vida individual. Pero sí nos dice cuál ha de ser nuestra prioridad cuando tenemos que decidir las reglas según las cuales vamos a vivir.

 

 

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